
La duda sobre cuánto cuesta un piso de cien metros con aerotermia es la más repetida del sector. Sin embargo, las horquillas publicadas no ayudan mucho porque mezclan casos que no se calculan igual: el apartamento en Nervión, el chalé con parcela en Mairena y la vivienda unifamiliar entre medianeras en Écija responden a lógicas distintas. En lugar de ofrecer una cifra cerrada que podría inducir a error, conviene entender qué partidas mueven realmente el presupuesto.
Aquí no vale el invierno suave para dimensionar; lo que decide el tamaño del equipo son los cuarenta grados de julio y el agua caliente que se usa todo el año. La entrada desmonta esa cifra analizando los emisores existentes, la ubicación de la unidad exterior en patios estrechos o cubiertas ventiladas, y la distancia hasta el acumulador. Así, quien compara ofertas puede ver por qué dos presupuestos difieren tanto antes de firmar.
Por qué la horquilla publicada es tan ancha
Quien busca una cifra cerrada para toda la provincia se lleva un rango de entre siete mil y veintidós mil euros. Ese salto no es capricho, sino la mezcla de tres realidades distintas que comparten etiqueta pero no cálculo. En un piso de Nervión con radiadores de aluminio en buen estado, la obra se limita a conectar el nuevo equipo al circuito existente. La cosa cambia si hablamos de un chalet en Mairena del Aljarafe, donde hay que tirar muros para pasar tuberías o instalar suelo refrescante. Y mucho más complejo resulta intervenir en un edificio antiguo de Écija con caldera central, donde las medidas de seguridad y la distribución hidráulica multiplican horas de trabajo.
Por eso estas cifras son orientativas. El precio final depende de detalles que solo se ven in situ: si hace falta ampliar radiadores por su tamaño reducido, la distancia exacta hasta la unidad exterior o el volumen del acumulador según cuántas duchas coincidan. También pesa el estado de la instalación eléctrica y si la cubierta ofrece sombra suficiente para que el aparato no recircule aire caliente en las tardes de julio. Antes de firmar nada, conviene pedir una visita técnica. Así se deja de comparar números sueltos y se empieza a valorar qué incluye realmente cada presupuesto para su vivienda concreta.
Los metros cuadrados son el dato que menos manda
Cuando alguien llega a la puerta de una casa en Sevilla y pregunta cuántos kilovatios necesita para su nueva bomba de calor, suele empezar por contar los metros cuadrados. Es un error habitual que lleva a presupuestos desajustados. La carga térmica real no se deduce del plano, sino de cómo entra el sol en cada habitación y de qué tan alto son los techos. Dos viviendas con idéntica superficie pueden requerir potencias muy distintas si una tiene grandes ventanales orientados al sur y la otra está protegida por muros gruesos o cortinas densas.
El aislamiento de las carpinterías y el tipo de uso que se hace de cada estancia pesan más que la medida del suelo. En el casco antiguo, una casa de patio con zaguán fresco exige cálculos diferentes a un bloque reciente en Nervión. Por eso conviene pedir que el estudio técnico desglose estas variables. Solo así se entiende por qué dos pisos gemelos necesitan equipos distintos y por qué el precio final depende tanto de estos detalles constructivos como de la marca elegida.
Si los radiadores que ya están puestos sirven
Aprovechar el circuito y los emisores que ya están puestos es lo que más mueve el presupuesto final. No se trata de un detalle menor, sino del factor que marca la diferencia entre una oferta ajustada y otra desorbitada. Bajar la temperatura del agua de impulsión permite que la bomba de calor trabaje con mejor rendimiento, pero eso exige radiadores capaces de ceder el mismo calor con menos grados.
Los radiadores de aluminio de buen tamaño y los antiguos de hierro fundido suelen aguantar bien este cambio gracias a su superficie o inercia térmica. En cambio, los modelos pequeños o de diseño minimalista se quedan cortos. Si el cálculo de carga confirma que no dan abasto, hay que ampliarlos o sustituirlos por fancoils o suelo radiante. Cada metro cuadrado extra de emisor implica obra, material y tiempo, encareciendo la instalación mucho más que la elección del propio equipo exterior.
El emisor nuevo: quien quiera frío necesita fancoil
Un radiador de agua caliente no tiene forma de dar frío. Es un emisor diseñado para ceder calor, así que cuando el termómetro en la campiña sevillana supera los cuarenta grados en julio o agosto, ese aparato se queda mirando. Como aquí la temporada buena es la del verano y el invierno es suave, quien instala aerotermia pensando solo en calefacción se equivoca de partida. La refrigeración manda durante más horas al año, y por eso el cálculo de los emisores nuevos debe empezar por lo contrario: quién quiere fresco necesita fancoils o conductos.
La elección entre estos dos tipos depende de cómo esté repartida la casa y de qué se pueda tocar sin obras mayores. Los fancoils van bien en estancias donde molesta el ruido o donde el espacio permite colgar una unidad baja; además, deshumectan el aire, algo útil en la Ribera del Guadalquivir con sus tardes húmedas. Los conductos requieren un falso techo o huecos suficientes para pasar las tuberías, pero permiten climatizar varias zonas desde un único punto. Antes de firmar nada, conviene pedir que el presupuesto detalle dónde va cada elemento y qué temperatura exterior se ha usado para dimensionarlo, porque si no, el equipo puede quedarse corto justo cuando más se le exige.
El recorrido hasta la unidad exterior y la obra que implica
La distancia entre el hueco donde va la unidad exterior y el punto de conexión hidráulica es una variable que pesa mucho en la factura final. No es lo mismo conectar en un patio interior con poco recorrido que tirar tubería hasta una cubierta o un porche lateral, algo habitual en los adosados del área metropolitana. Cada metro extra suele implicar rozas en pared o suelo, lo que suma horas de albañilería y posterior acabado. En bloques antiguos de Nervión o Los Remedios, encontrar una trayectoria limpia sin dañar estructuras protegidas obliga a desvíos que encarecen la mano de obra respecto a una vivienda unifamiliar con parcela.
Además del circuito de agua, hay que calcular la línea eléctrica dedicada desde el cuadro general y su protección específica. Si el cableado existente no llega, se abre otro frente de obra. La sujeción del aparato también tiene su coste: requiere soportes metálicos o bancadas sobre antivibratorios para evitar transmitir ruido a la estructura, algo crítico en verano cuando las ventanas están abiertas. Al pedir presupuestos, conviene fijarse si estas partidas de obra civil y electricidad están detalladas, pues dos ofertas muy distintas suelen diferenciarse más por estos trabajos auxiliares que por el precio del equipo en sí.
Las partidas que se caen cuando una oferta parece barata
Una oferta que parece tirada suele esconder huecos en el cálculo de carga térmica, esa cuenta que define qué potencia hace falta para enfriar la casa hasta bien entrado septiembre. También desaparecen de la factura el vaso de expansión y el acumulador de agua caliente, elementos que no se ven pero sostienen el sistema; sin ellos, los saltos de presión y la escasez de agua templada aparecen a las pocas semanas.
Lo eléctrico tampoco es gratis: si la línea y las protecciones no aguantan el nuevo consumo, hay que reforzarlas antes de conectar nada. Y está la retirada del equipo antiguo, con su recuperación de refrigerante por personal habilitado, un trámite que algunos prefieren dejar fuera del precio final para que la cifra baje.
Falta lo último, que decide si todo funciona: la puesta en marcha y la documentación técnica. Sin esos papeles, nadie puede reclamar garantía ni tramitar ayudas posteriores, así que conviene revisar que ambas cosas figuren escritas desde el principio.